Elimar Bello T.
El ser humano es naturalmente curioso, debe ser por eso que los niños no le tienen miedo a las teclas de la computadora, ni a los comandos de un software. Ellos nacieron en plena era digital, son nativos digitales, comprenden que el mundo puede conocerse gracias a la web y que las relaciones personales también pueden sustentarse en los entornos virtuales. Ser nativo digital implica una noción de mundo que no todos los migrantes digitales comprendemos.
“Todo está en la web” dice mi hija de nueve años, nacida con el milenio, ya tiene un blog, tres cuentas de correo electrónico, canal en You Tube, espacio en Facebook y hasta creó su propia red social. Mi pequeña nativa digital comprende el mundo de una manera distinta, para ella en el chat no hace falta la ortografía porque la “ciberlingüa” lo permite todo: palabras sustituidas por imágenes, emociones expresadas a través de emoticones, intercambio de letras por signos de puntuación o por símbolos que significan otras cosas en la correcta ortografía que aún le exigimos a nuestros chicos en la escuela.
A veces, al ver nuestro rostro o escuchar nuestros comentarios sobre la corrección ortográfica que debe manifestar una persona de su edad, inmediatamente se corrige y corrige a sus interlocutores en pantalla. La mayoría de esos interlocutores (foto y apodo) se excusan diciendo que nadie se preocupa por la ortografía cuando chatea; como es de esperar, en la línea siguiente vuelven a aparecer mil errores ortográficos sustentados en el hecho cierto de que los espacios web están dominados por la inmediatez y la falta de tiempo para enmendar lo que se “dice” en el chat. Evidentemente, en su afán por replicar la rapidez de la comunicación oral, el chat ha propiciado la difusión de la ciberlingüa, de la imagen que sustituye una letra o una palabra. Si todo se quedara en el entorno virtual, sería maravilloso, tendríamos la sensación de que “cada cosa está en su lugar”, pero esta “generación vitrina”, tal y como la denomina Giovanni Sartori (2005), no ha comprendido plenamente la profundidad de esa frase y continúan manejando la ciberlingüa en entornos reales como la escuela, creando en quienes observamos, la sensación de estar en presencia de un interesante proceso de cambio lingüístico que tarde o temprano permeará las disposiciones de la RAE.
Mientras tanto, la pequeña nativa digital sigue coleccionando espacios virtuales para exhibir lo que piensa, lo que le gusta y lo que detesta, creando y recreando junto a sus pares una ciberlingüa que cambia cada día con una velocidad que sorprende tanto como la velocidad de la era digital.
Fuente citada:
Sartori, G. (2005) Homo Videns. La Sociedad Teledirigida. Editorial Suma de Letras. España.
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