Navegar en la web puede crear la sensación de que todos somos iguales, sin diferencias étnicas, sexuales o de edad, sin embargo, ¿hasta dónde llega esto? En principio ser ciberciudadano implica la pertenencia a un mundo virtual que llega a ser absolutamente real para el que se sumerge en la red, pero que es totalmente inexistente para el que no tiene ni idea de cómo se enciende una computadora.
Los mecanismos de interacción social que somos incapaces de crear en la realidad, se establecen ¿naturalmente? en el cibermundo; así tenemos casos en los que los individuos no se saludan cuando se encuentran persona a persona (en el mundo real) pero se envían regalos o besos virtuales en los espacios para el chat y en las redes sociales.
Esta nueva y bipolar visión de las relaciones interpersonales (en el mundo real no te hablo, en el mundo virtual te mantengo informado de mi vida) debería provocar la reflexión en torno a lo que se va creando en la psique colectiva, especialmente en los más jóvenes, puesto que el mundo real no existe, es una fantasía circunstancial y temporal que permite penetrar en el mundo virtual, con una cibersociedad en la que los ciberamigos y los ciberespacios son más significativos.
La discrepancia entre el mundo virtual y el mundo real es preocupante para aquellos que se detienen a pensar en el futuro caótico que nos espera; pero para otros, que aún persiguen la quimera de un mundo absolutamente controlable, ese cibermundo es ideal puesto que su responsabilidad se restringe a manejar las herramientas básicas: ctrl+alt+suprimir; escape; cortar y pegar; es decir, las herramientas básicas para la cibersupervivencia.
Lo único que nos deja el cibermundo como certeza es que aquel que maneja las herramientas controla los elementos de su ciberentorno, pero cuando cortan la corriente eléctrica ¿qué le queda al ciberciudadano que acaricia un ciberadicción?
31/07/2010